El Dilema del Docente Universitario: Entre la Ley de Goodhart y la Cátedra Redefinida

Jul 12, 2026 · 3 min read
La cátedra universitaria exige un equilibrio dinámico entre la transmisión del saber y la investigación de la propia enseñanza.

Hoy se celebra el Día del Docente Universitario en el Perú. Sin embargo, detrás de las felicitaciones protocolares y los discursos sobre la “noble labor de educar”, una pregunta incómoda ronda los pasillos de las facultades: ¿vale realmente la pena dedicar horas a diseñar una sesión de aprendizaje memorable si todos mis incentivos profesionales y económicos están direccionados a publicar más papers?

Esta tensión no es solo un dilema ético personal; es una falla estructural de diseño en los sistemas de evaluación de la educación superior contemporánea. ¿Cómo terminamos atrapados en esta métrica?

El Mito de la Sinergia y la Tiranía del Indicador

Existe un mito organizativo que postula que un buen investigador es, por añadidura, un excelente docente de aula. Sin embargo, la evidencia empírica sugiere que las destrezas cognitivas y operativas para ambas tareas suelen ser divergentes. Investigar de frontera exige aislamiento intelectual e hiperespecialización; enseñar requiere transposición didáctica, empatía y diseño de experiencias de aprendizaje complejas.

Cuando las universidades e instituciones públicas evalúan al docente basándose casi exclusivamente en el conteo de publicaciones en revistas indexadas (como los cuartiles Q1 o Q2), caemos en la Ley de Goodhart. Formulada originalmente en el ámbito de la política monetaria, establece que cuando un indicador se convierte en el objetivo principal de una política, pierde su valor informativo y distorsiona el comportamiento del sistema.

En términos matemáticos, si queremos maximizar la calidad real de la educación y la investigación ($Q$), y para ello utilizamos una métrica proxy ($M$) como el volumen de publicaciones, la optimización extrema de $M$ erosiona su correlación con $Q$:

$$\lim_{M \to \text{target}} \rho(M, Q) = 0$$

El resultado es predecible: una avalancha de publicaciones de baja relevancia, el auge de las llamadas paper mills (fábricas de manuscritos de baja calidad) y un abandono sistemático de la preparación de las clases en el aula, donde se forman los futuros profesionales del país.

Redefinir la Cátedra: La Propuesta de Ernest Boyer

Frente a esta polarización destructiva que sitúa a la docencia como la “hermana menor” de la investigación, el educador Ernest Boyer propuso en 1990 un enfoque revolucionario en su célebre informe para la Fundación Carnegie: Scholarship Reconsidered. Boyer argumentó que el quehacer académico no debe limitarse a la dicotomía de enseñar o investigar, sino que debe redefinirse bajo cuatro dimensiones interconectadas:

  1. El descubrimiento (scholarship of discovery): La investigación básica orientada a expandir la frontera del conocimiento.
  2. La integración (scholarship of integration): La síntesis interdisciplinaria que da coherencia al saber hiperespecializado.
  3. La aplicación (scholarship of application): El uso del conocimiento para resolver problemas reales de la sociedad.
  4. La enseñanza (scholarship of teaching): Concebida no como una transmisión rutinaria y pasiva de contenidos, sino como una práctica altamente intelectual y rigurosa sobre el propio proceso de aprendizaje.

Bajo la óptica de Boyer, enseñar es una actividad científica. Diseñar una sesión de clases dinámica, evaluar formativamente y teorizar sobre cómo aprenden los estudiantes requiere el mismo rigor científico que realizar un experimento de laboratorio o modelar un indicador de riesgo financiero.

Conclusión: Hacia una Evaluación Integradora

El Día del Docente Universitario no debería ser solo una fecha conmemorativa, sino una oportunidad para reformar los sistemas de incentivos académicos. Iniciativas globales como CoARA y DORA están abriendo el camino hacia evaluaciones más cualitativas y holísticas, donde el portafolio del profesor universitario refleje un equilibrio real.

Si queremos universidades que no solo acumulen métricas en bases de datos comerciales, sino que transformen vidas en las aulas, debemos devolverle a la enseñanza su dignidad intelectual. Después de todo, el conocimiento que no se sabe transmitir termina por extinguirse en su propio aislamiento.


¿Crees que el sistema actual de “publicar o perecer” ha devaluado la calidad de la enseñanza universitaria? Si eres docente o estudiante, compárteme tu experiencia en los comentarios.